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domingo, 21 de octubre de 2012

Pellejo de Asno - Charles Perrault

El cuento "Pellejo de asno" no fue sólo recopilado por Charles Perrault, también pueden encontrarlo bajo los nombres "Piel de asno", "Bestia peluda" (Los hermanos Grimm) o "El abrigo de las mil pieles". Recordemos, siempre, que las versiones de Charles Perrault - de cualquier cuento de hadas - son muy anteriores a las de los hermanos Grimm.
Este fin de semana estuve haciendo un seminario sobre cuentos infantiles (como contarlos, simbología etc etc). Y pregunté por "Pellejo de asno" ya que el principio a cualquier adulto le da idea de "incesto". La escena se debatió bastante en la charla - les dejo la búsqueda de los símbolos a ustedes - y la conclusión es la misma de siempre: el problema no es la imagen que se hace el niño, sino la que se hace el adulto. Las imágenes son tan fuertes que uno, como adulto, siente cierto impulso a "censurar". De hecho, tengo dos versiones, la que les traigo, y la de los hermanos Grimm, y siempre me llamó la atención que en la versión de los hermanos Grimm de mi libro, la princesa no es la hija del rey, sino su sobrina. Alguien planteó esa pregunta - tenemos el mismo libro recopilatorio -. ¿Cuál fue la respuesta de la especialista? Que en el original en alemán, la princesa ES hija, tal como en el cuento de Perrault, pero el traductor se debió sentir tan horrorizado ante la idea, que NECESITÓ cambiar la imagen, y la "minimizó" cambiando "hija" por "sobrina". 
Entre ambas versiones también hay otras diferencias que tienen que ver con la trama, pero no hablaré de ello ahora.
Los dejo entonces, con la versión francesa.
:D


Pellejo de Asno

Érase un rey el más poderoso de la tierra, tan amable en la paz como terrible en la guerra. Sus vecinos le respetaban y temían y reinaba la mayor tranquilidad en sus Estados, cuya prosperidad nada dejaba que desear, pues con las virtudes de los ciudadanos brillaban las artes, la industria, y el comercio. Su esposa era  tan cariñosa  y encantadora  y tantos atractivos  tenía su ingenio,  que si  el  rey era  dichoso como soberano, más lo era como marido. Tenían una hija, y como era muy virtuosa y linda, se consolaban de no haber tenido más hijos.

El palacio era muy vasto y magnífico. En todas partes había cortesanos y criados. Las cuadras estaban llenas de arrogantes caballos y de bonitas jacas cubiertas de hermosos caparazones de oro y bordados; y por cierto no eran los caballos los que atraían las miradas de los que visitaban aquel sitio, sino un señor asno, que en el  punto mejor y más vistoso de la cuadra erguía con arrogancia sus largas orejas.  Bien merecía la referencia,  pues tenía el privilegio de que lo que comía saliese transformado en relucientes escudos de oro, que eran recogidos todas las mañanas al desertar el asno.

Turbó la felicidad de los regios esposos una aguda enfermedad sufrida por la reina, que se fue agravando a pesar de haberse acudido a todos los auxilios de la ciencia y de haber llamado todos a los médicos. 

Comprendió la enferma que se aproximaba su última hora, y dijo al rey:
-Antes de morir quiero hacerte una súplica. Si cuando haya dejado de existir quieres volver casarte...
-¡Jamás! ¡Jamás! -exclamó el rey sollozando.
-Tal es tu propósito en este instante y me lo hace creer el amor que siempre te he inspirado; pero para que la seguridad sea mayor, quiero me jures que no has de volver a casarte a menos de hallar una mujer que me supere en belleza y en prudencia, la única a quien podrás hacer tu esposa.

Con los ojos llenos de lágrimas lo juró el príncipe, y poco después la reina exhaló en sus brazos el último suspiro, siendo grande la desesperación de su esposo. El  dolor trastornó algo su razón, y a los pocos meses dio en mandar comparecer a su presencia a todas las jóvenes de la corte, después a las de la ciudad y luego a las del campo, diciendo que se casaría con la que fuera más bella que la reina difunta; pero como ninguna podía compararse con ella, todas eran rechazadas. El rey acabó por dar evidentes muestras de locura, y cierto día declaró que la infanta, que realmente era más bella que su madre, sería su esposa.

Los cortesanos le hicieron presente que tal boda era imposible porque la infanta era hija suya, pero como es difícil hacer entrar en razón a un loco, el rey vociferó que querían engañarle pues él no tenía hijas.

La pobre princesita,  al  saber  lo que ocurría,  fuese llorosa a encontrar  a su madrina,  que era  la más
poderosa de las hadas, la que exclamó al verla:

-Sé lo que te trae a mi casa. Como tu padre desgraciadamente ha perdido la razón, no conviene que le
contraríes abiertamente. Dile que antes de acceder a ser su esposa quieres un vestido de color de cielo, y no podrá dártelo.

Siguió la princesa el consejo de la Hada, y el rey llamó a todas las modistas y les dijo que las ahorcaría si no hacían un vestido de color de cielo. Impulsadas por el miedo pusieron manos a la obra, a los dos días tenía el vestido la infanta, que con lágrimas en los ojos se vio obligada a reconocer que su deseo había quedado satisfecho. Su madrina, que estaba en palacio, le dijo en voz baja:

-Pide un vestido más brillante que la luna, y no podrá dártelo.

Apenas hizo la demanda la princesa,  el rey mandó llamar al que estaba encargado de los bordados de
palacio y le dijo:

-Quiero dentro de cuatro días un vestido más brillante que la luna.
En el  plazo señalado la infanta tuvo el  vestido que eclipsaba el  brillo de la luna.  Al verlo la madrina murmuró al oído de su ahijada:

-Pide un vestido más brillante que el sol, y no podrá dártelo.
El rey mandó llamar a un rico diamantista y le dio la orden de hacer un vestido de brocado y piedras
preciosas,  amenazándole con mandarle cortar  la cabeza si  no lograba satisfacer  sus deseos.  Antes de terminar  la semana la infanta tuvo el  vestido, y al  verlo fue grande su desesperación porque era más brillante que el astro del día. Entonces le dijo su madrina:

-Mientras posea el asno que constantemente llena su bolsa de escudos de oro, podrá satisfacer todos tus deseos. Pídele el pellejo el asno, como en tan rara bestia consisten sus principales recursos, no te lo dará.

Hizo la infanta lo que la Hada le aconsejaba y el  rey mando sin vacilar matar el  asno, despellejarlo y
llevar  la  piel  a  la  joven,  que  quedose  abatida  pues  ya  no  sabía  qué  pedir.  Animola  su  madrina recordándola que nada hay que temer cuando se obra bien, y luego la dijo que sola y disfrazada huyese a algún lejano reino.

-Aquí tienes, -añadió-, una caja donde pondremos todos tus vestidos, tus adornos, tu espejo, los diamantes y los rubíes.  Te doy mi  varita,  y llevándola en la mano la caja te seguirá siempre oculta bajo tierra; cuando quieras abrirla, toca el suelo con la varita e inmediatamente aparecerá la caja. Para que nadie te conozca cúbrete con el pellejo del asno y nadie creerá que se oculte una hermosa princesa debajo de tan horroroso disfraz.

Siguió la princesa las indicaciones de su madrina y se alejó de los Estados de su padre. En cuanto el rey notó su ausencia envió mensajeros en su busca y todo lo revolvió, pero sin poder averiguar qué había sido de ella.  La infanta,  mientras  tanto,  continuaba su camino,  pidiendo limosna a cuantos encontraba y deteniéndose en todas las casas para preguntar si necesitaban una criada; mas tan horroroso era su aspecto que no hubo quien quisiera tomarla a su servicio. Y siguió andando, andando, y fue lejos, muy lejos; y por último llegó a una alquería cuyo dueño necesitaba una porcallona para fregar,  barrer  y limpiar  la gamella de los cerdos. Relegada a un rincón de la cocina, burlábanse de ella los criados, que procuraban contrariarla y molestarla, siendo blanco de sus groseras burlas.

Los domingos podía descansar, pues en cuanto había terminado sus  quehaceres  más  indispensables, entraba en el tugurio que la habían destinado; y una vez cerrada la puerta, se quitaba el pellejo de asno, se peinaba, se adornaba con sus joyas se ponía unas veces el vestido de luna otras el de sol o el de cielo, si bien el espacio era reducido para la holgada cola de tales trajes. Se miraba ante el espejo y era mucha su alegría al verse joven, blanca, sonrosada y más bella que las demás mujeres. Estos momentos de júbilo le daban aliento para sufrir todas las contrariedades de los otros días y esperar el próximo domingo.

Olvidé decir que en la alquería donde había hallado colocación la infanta,  tenía su corral  un rey muy
poderoso, y que allí  se criaban las aves más raras  y los animales  más preciosos,  que ocupaban diez grandes patios. El hijo del rey iba con frecuencia a la alquería al regresar de la caza, donde descansaba con sus acompañantes tomando algún refresco. El príncipe era muy arrogante y bello, y al verle Pellejo de Asno desde lejos, conoció por los latidos de su pecho que debajo de sus harapos aún latía el corazón de una princesa. Sin poder evitarlo se decía:

-Sus maneras son nobles, hermoso el rostro, simpático su aspecto. ¡Dichosa la mujer que logre merecer su amor! Si él me hubiese regalado un vestido, sería para mí más rico que el de sol y el de luna.

Un día se detuvo el príncipe en la alquería, y recorriendo los patios para examinar las aves y los animales, llegó delante del mísero aposento donde vivía Pellejo de Asno, y por casualidad se le ocurrió mirar por el ojo de la cerradura. Como era domingo vio a la porcallona vestida de oro y diamantes, más hermosa que el sol. El príncipe contemplola deslumbrado sin poder contener los latidos de su corazón, y por más que le admirara  el  vestido más  le admiró su belleza.  El  blanco y sonrosado color de su tez,  los arrogantes perfiles de su cara y su espléndida juventud, unido todo a cierto aire de grandeza realzada por la modestia, que era espejo del alma, enloquecieron de amor al príncipe.

Tres veces levantó el  brazo para derribar  la puerta,  pero otras tantas le contuvo el  temor de hallarse
delante de una hada y retirose a su palacio pensativo. Suspiró desde entonces noche y día, huyó de todas las diversiones, incluso la de la caza, y perdió el apetito. Preguntó quién era aquella admirable belleza que vivía en el fondo de un corral, al extremo de un espantoso callejón, en el que la oscuridad era completa en pleno día, y se le contestó que se la llamaba Pellejo de asno, a causa de la piel que llevaba en el cuello; añadiendo que no había cómo mirarla para sentirse curado de amor, pues era más fea que la más horrible fiera.

Por más que le dijeron no quiso creerles, pues guardaba grabada en su corazón la imagen de la infanta. La reina, que no tenía otro hijo, lloraba sin cesar al verle languidecer. En vano le preguntó en qué consistía su enfermedad, pues el príncipe permaneció mudo, y lo único que pudo lograr fue le dijera que deseaba comer una empanada hecha por Pellejo de Asno. No supo la reina a quien se refería su hijo, y habiéndolo preguntado, le contestaron:

-¡Cielo santo! Pellejo de asno es, señora, un negro topo más asqueroso que el más sucio pinche de cocina.
-No importa, -exclamó la reina-; puesto que el príncipe quiere una empanada hecha por ella, es necesario darle gusto.

La madre amaba extraordinariamente a su hijo, y si le hubiese pedido la luna, hubiera procurado dársela.

Pellejo de Asno tomó harina, que había cernido para que fuese más fina, sal, manteca y huevos frescos, y se encerró en su habitación. Limpiose el rostro, las manos y los brazos; se puso un delantal de plata y dio comienzo a su tarea.  Se cuenta que,  mientras trabajaba,  se le cayó del dedo, fuese casualidad o no lo fuese, uno de sus anillos de gran precio, lo que parece indicar que sabía que el príncipe la había estado mirando por el agujero de la cerradura y que de ella estaba enamorado. Sea lo que fuere, el hijo del rey comió  con  mucho  apetito  la  empanada,  que  halló  exquisita,  y  por  poco  se  traga  el  anillo.

Afortunadamente se fijó en él admirole la esmeralda, que era preciosa, y en especial el estrecho aro de oro, que marcaba la forma del dedo de su dueña.  

Lleno de alegría  guardó la sortija,  de la que no volvió a separarse.  Pero su mal  fue en aumento,  y consultados  los  médicos  dijeron  que estaba  enfermo  de  amor.  Resolvieron  sus  padres  casarle,  y  el príncipe les contestó:

-Solo me casaré con la joven a cuyo dedo se ajuste este anillo.
Grande fue la sorpresa del rey y de la reina al oír tan extraña exigencia, pero como el estado del príncipe era muy grave, no se atrevieron a contrariarle e inmediatamente anunciaron que se casaría con el príncipe la joven, aunque no fuese de sangre real, cuyo dedo entrara en el anillo. Todas se dispusieron a hacer la prueba, y hubo charlatanes que prometieron adelgazar los dedos, proponiéndose ganar algunos escudos, como aquellos que no teniendo ningún oficio ni sabiendo cómo vivir de su trabajo, se meten a curanderos para convertir en comida la lana que trasquilan al prójimo; joven hubo que rascó su dedo con un cuchillo; otra consintió en que cortaran carne del suyo para adelgazarlo y no faltó quien lo tuviera muchas horas comprimido ni tampoco quien lo sometiera al efecto de cierto líquido para que se lo dejara despellejado.

Diose principio a la prueba, comenzando por las princesas, a las que siguieron las duquesas, marquesas, condesas  y  baronesas,  siendo  el  anillo  demasiado  estrecho  para  cuantos  dedos  se  presentaron.

Comparecieron las  demás  jóvenes,  más  todos los ensayos resultaron inútiles.  Llegoles  el  turno a las criadas y fregonas, pero el anillo quedose sin colocación, y creyose que el príncipe moriría de pena, pues sólo faltaba Pellejo de Asno y a ninguna persona sensata podía ocurrírsele que la porcallona estuviese destinada a ser reina.

-¿Por qué no? -exclamó el príncipe.
Todos sonrieron, pero el príncipe añadió:
-Entra, Pellejo de Asno, hágase la prueba.
Introducida la fregona a presencia de la corte, sacó de debajo de la asquerosa piel una manecita de marfil ligeramente sonrosada; hicieron la prueba, y el anillo se ajustó a su dedo de tal manera que los cortesanos no acertaban a volver de su asombro. Dijéronla que debía presentarse ante el rey y la aconsejaron con la sonrisa de la mofa en los labios que se pusiera otro vestido menos sucio. Pellejo de Asno fue a cambiarse de vestido, y cuando volvió a comparecer ante la corte, las burlonas risas se trocaron en exclamaciones de admiración,  porque  nadie  recordaba  haber  visto  belleza  semejante,  realzada  por  unos  ojos  azules, rasgados y de mirada dulce, pero llena de majestad. Sus rubios cabellos recordaban los rayos del sol; su talle  la  esbeltez  de la  palmera;  sus diamantes  deslumbraban  y su traje  era  tan rico que no admitía comparación. Todos aplaudieron, en particular las señoras, y el rey estaba loco de contento al ver a la novia de su hijo; y si loco estaba el rey, no sabemos qué decir de la reina y, en particular, del enamorado príncipe.

Inmediatamente se dieron las órdenes para que se celebrara la boda y el rey convidó a todos los monarcas vecinos,  quienes  abandonaron  sus  Estados,  montados  unos en grandes  elefantes,  otros  caballeros  en corceles con arneses de oro y plata, y algunos se embarcaron en naves que tenían velas de púrpura. Pero aunque todos los príncipes rivalizaron en lujo para evidenciar su poderío, ninguno igualó al padre de la joven desposada, que ya había recobrado la razón. Grande fue su sorpresa y mayor su alegría al encontrar a su hija, a quien abrazó llorando de júbilo; y tanto como su sorpresa fue el contento del príncipe al saber quién  era  su  novia.  En  aquel  instante  apareció  la  madrina, que  contó  todo  lo  ocurrido,  y  luego celebráronse las bodas y todos fueron dichosos.

Moraleja

A veces a rudas penas
el hombre se halla sujeto,
mas todas puede vencerlas
si de ello hay firme deseo.
Los sufrimientos abaten,
mas con voluntad de hierro
también logran dominarse
los más crueles sufrimientos;
y si acaso en este mundo
no encontramos el consuelo,
seamos firmes en la lucha,
nunca jamás desmayemos,
que lo que niegue la tierra
lo hallaremos en el cielo.

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